Portada de El aliento de los dioses sobre un fondo de alientos púrpura y dorados

Composición a partir de la portada de Nova / Penguin Random House, tomada de la página oficial del libro.

Después de terminar la primera trilogía de Nacidos de la Bruma, tenía bastante claro que iba a seguir leyendo a Brandon Sanderson. Esta semana he terminado El aliento de los dioses y la sensación vuelve a ser parecida: este hombre sabe perfectamente cómo atraparte.

La novela presenta otro mundo, otro sistema de magia y un conflicto completamente distinto, pero conserva todo lo que más me gustó de la trilogía anterior. Una construcción de mundo tremendamente sólida, personajes muy bien escritos y esa sospecha permanente de que las cosas no son exactamente como parecen.

Y casi nunca lo son.

Fantasía con reglas

Una de las cosas que más me gustan de Sanderson es la coherencia de sus mundos. Puede hablarte de personas que entregan su aliento, objetos que cobran vida, dioses que regresan de la muerte y colores que alimentan la magia. Da igual lo fantástica que sea la idea: una vez establece las reglas, las respeta.

Los alientos tienen un valor concreto. Se pueden entregar, acumular y utilizar. Quien posee muchos percibe el mundo de otra manera y puede hacer cosas que resultan imposibles para los demás. La magia tiene límites, costes y consecuencias, así que nunca parece una solución improvisada para sacar a los personajes de un problema.

Sanderson consigue que entiendas el sistema poco a poco, casi sin darte cuenta. Cuando llega el momento de utilizar todo lo aprendido, las piezas encajan. Incluso las sorpresas obedecen a reglas que ya estaban ahí.

Acumular magia también es acumular poder

El sistema de los alientos no solo funciona bien como magia. También dice mucho sobre la sociedad que lo ha construido a su alrededor.

Todo el mundo nace con un aliento, pero no todo el mundo puede permitirse conservarlo. Hay personas que reúnen cientos o miles mientras otras venden el único que tienen. Los más poderosos disfrutan de sentidos extraordinarios, una salud mejor y una vida más intensa gracias a algo que han ido recibiendo de los demás.

Es difícil no verlo también como una forma de riqueza. La magia se acumula, se compra y concede privilegios. Quienes más tienen viven rodeados de color; quienes entregan lo suyo continúan viviendo, pero pierden una parte difícil de definir de sí mismos.

La idea funciona porque Sanderson no necesita detener la historia para explicarte su significado. Está integrada en el mundo, en su economía y en la forma en la que sus habitantes entienden el poder.

Dioses, religión y personas

Sanderson ya trató la religión de manera magistral en Nacidos de la Bruma. Aquí vuelve a hacerlo, aunque desde un lugar diferente.

Hallandren está gobernada por una corte de dioses retornados. Son seres venerados, rodeados de sacerdotes, lujo y rituales, pero también necesitan consumir cada semana el aliento de otra persona para seguir vivos. La fe convive con la política, la propaganda y una enorme estructura construida para mantener las apariencias.

Lo interesante es que la novela no se limita a decir que la religión es verdadera o falsa. Sus dioses pueden ser egoístas, frívolos o estar completamente perdidos. También pueden inspirar esperanza, actuar con bondad o estar a la altura de la fe que otros han depositado en ellos.

Sondeluz es probablemente el mejor ejemplo. Es un dios que no cree ser un dios, contempla su propia religión con ironía y parece tomarse muy pocas cosas en serio. Sin embargo, detrás de sus bromas hay un personaje lleno de dudas, intuición y humanidad. Su relación con su propia divinidad es una de las mejores partes del libro.

El Rey Dios funciona justo al contrario. Todo en él proyecta un poder casi infinito, pero conocerlo obliga a replantearse quién controla realmente a quién. Sanderson juega constantemente con la distancia entre el símbolo y la persona que hay detrás.

Personajazos

Además de construir mundos, Sanderson sabe crear personajes que cambian de verdad.

Siri y Vivenna comienzan la historia como dos princesas definidas por lo que se espera de ellas. Una ha crecido sin grandes responsabilidades; la otra lleva toda la vida preparándose para cumplir con su deber. Cuando sus papeles cambian, las dos tienen que averiguar quiénes son fuera del plan que otros habían diseñado para ellas.

Sus caminos son muy distintos y ambos están llenos de golpes, errores y descubrimientos. Ninguna termina convertida en la otra. Crecen sin dejar de ser reconocibles, que es bastante más difícil de escribir.

Luego están Vasher, Sondeluz y el Rey Dios, todos construidos alrededor de contradicciones que la novela va abriendo poco a poco. Y, por supuesto, está Sangre Nocturna, una espada parlante obsesionada con destruir el mal sin tener demasiado claro qué significa el mal. Es divertida, inocente y absolutamente aterradora al mismo tiempo. Cada aparición suya mejora la escena.

La sensación de estar entendiendo mal

Durante buena parte del libro creemos saber quién es cada personaje, qué quiere y qué está sucediendo. Sanderson va dejando pequeñas grietas en esas certezas hasta que todo empieza a cambiar.

Sus giros funcionan porque no aparecen de la nada. La información estaba delante, pero la estábamos interpretando desde el lugar equivocado. Cuando llega una revelación, no rompe la historia: reorganiza lo que ya sabíamos.

Esa es una de las razones por las que su forma de escribir resulta tan adictiva. Siempre queda una pregunta, una contradicción o un detalle que no termina de encajar. Lees otro capítulo buscando una respuesta y terminas encontrando tres preguntas nuevas.

Otro paso dentro del Cosmere

El aliento de los dioses es una novela autoconclusiva y levanta todo este mundo en un solo libro. No necesita tres entregas para dar profundidad a su magia, su religión, su política y sus personajes.

No sé todavía cuánto me queda por descubrir del Cosmere. Lo que sí tengo claro es que Sanderson ha vuelto a hacer lo mismo: convencerme de que entiendo las reglas, mover las piezas sin que lo vea y dejarme con ganas de abrir el siguiente libro.

Peligrosamente adictivo.