
Todo empezó con el Advanced Dungeons & Dragons
Tenía 14 años cuando un amigo del colegio trajo un día un libro azul, lleno de tablas, monstruos y números raros. Era el Advanced Dungeons & Dragons. Ninguno sabíamos muy bien qué hacer con aquello, pero algo en la idea de crear un personaje, inventar una historia y sentarse alrededor de una mesa a contársela a otros nos enganchó desde la primera tirada.
No existía YouTube para ver cómo se jugaba, ni redes sociales donde preguntar. Tampoco hacía falta. Teníamos un libro, lápices, ganas de inventar historias y una paciencia infinita para malinterpretar las reglas hasta que algo más o menos funcionaba.
Durante el instituto, aquellas partidas fueron nuestro refugio. Nos reuníamos los fines de semana, pasábamos horas construyendo aventuras y, sobre todo, riéndonos. Mucho.
Luego llegó el grupo estable
Ya con veintipocos, entre los 20 y los 25, conseguimos tener algo que entonces no sabíamos valorar del todo: un grupo estable de rol.
Quedábamos una vez a la semana, más o menos. Sesiones de tres horas, pizza de por medio y campañas largas que yo mismo preparaba para ellos. Me pasaba horas diseñando mazmorras y escribiendo tramas, pero lo mejor era ver a mis amigos meterse de lleno en aquello que había imaginado.

Eran tiempos sencillos y muy buenos. No necesitábamos nada más que una mesa, unas fichas, dados y tres horas por delante.
La mesa se disolvió
Luego llegó lo de siempre. El trabajo, las parejas, los niños, las hipotecas... la vida, vaya. Las quedadas se fueron espaciando, las campañas se quedaron colgadas y nadie dijo "bueno, hasta aquí", pero la mesa se disolvió igualmente.
No pasó nada grave. Simplemente nos hicimos mayores. Los dados se quedaron en una caja, en un armario, durante años.
Y entonces aparecieron ellos
Hace unos meses, ni siquiera recuerdo bien cómo, nuestros hijos descubrieron los dados. El caso es que de repente nos vimos otra vez hablando de dungeons, tabernas y personajes.
Y alguien dijo: ¿y si volvemos a jugar?
Ahora, de vez en cuando, nos juntamos en la sala de reuniones de la oficina. Los adultos traemos a nuestros hijos y montamos una mesa larga. Los pequeños aprenden a interpretar, a sumar tiradas y a reírse cuando un 1 natural arruina el plan más elaborado. Y nosotros volvemos a las mismas tabernas de hace veinte años, a los mismos calabozos. La diferencia es que ahora los que se asombran con cada descubrimiento no somos nosotros: son ellos.

Lo mejor está siendo compartirlo
Hay algo muy bonito en ver a tu hijo pedirte que le expliques cómo funciona un hechizo, o escucharle negociar con un posadero con la misma solemnidad con la que tú negociabas hace veinte años.
No hemos recuperado aquellas tardes. Son otras tardes, distintas, y me gustan casi más. Gracias a ellos, estamos volviendo a estar en los buenos tiempos. Y esta vez, además, los estamos compartiendo.
Siempre se vuelve
El rol tiene eso. Puedes estar años sin tocar un dado. Pero en cuanto alguien saca una ficha y empieza a describir una escena, todo vuelve. Las reglas las has olvidado a medias, pero las ganas de contar una historia juntos siguen ahí.
Y cuando además puedes hacerlo con los que estaban al principio, y con los que han llegado después… pues eso, que merece la pena.